viernes, 8 de abril de 2016






  

Los gloriosos hombres

Ya no caminan ni  hablan los hombres aquellos. Se silenciaron sus palabras, las  guardaron, las escondieron,  se durmieron con los ojos opacos y lloraron maldecidos por otros hombres. ¿Qué ocurrió con ellos que ya no charlan? Eran hombres de abrigo, saco y corbata, de sombrero de fieltro, otros de paja, sin camisa y piel quemada por el sol.  Han perdido sus fuerzas y debilitados, se han sentado en silencio. Acaso olvidaron el mundo de los negocios, el comercio, se habrán perdido en las grandes extensiones de Caña de Azúcar. Olvidaron sus amantes, dejaron de hablar de las mujeres ajenas. ¿O es que tan solo encontraron — al fin—,  la paz que buscaron por años? ¿Qué pensaran ahora que no se escuchan sus pasos? Qué ocurre que no se percibe el olor del sudor de sus hombros al soltar el hacha, el machete, la cuma, el golpe fijo y agresivo del yunque lastimado y herido. Se han ausentado de los parques, de los billares, de las cantinas y burdeles. Dejaron de fumar y emborracharse los días domingos mientras compartían su plata con las putas del Caminito, del Cisne Negro, del Tulipán Rojo.  Dónde están aquellos hombres valientes que cuando jóvenes libraron tremendas batallas contra enemigos que la patria les inventó y que  ahora ya ni siquiera meditan acerca de  los ladrones del  gobierno de turno, corrompidos por el dólar ajeno. ¿Y el fut?, quien llenará los estadios y comentará  el partido del domingo, de las estrellas en España, de la FIFA y sus atracos. Quién hablará de Wall Street y todo lo que hace falta por inventar en la NASA. Quién si ya no están los hombres que fueron hombres y que ahora ya son viejos, ancianos, los eternos y gloriosos ancianos que un día fueron simples hombres.

Las nubes negras aún no abandonan el horizonte y no desean marchar. Qué bueno que la felicidad no dependa de nubarrones oscuros o amaneceres soleados con campos verdes de agradable frescor.
Triste destino el que le espera a la capacidad filosófica y pensante de la humanidad, dádiva divina, tan admirable y tan poco ponderada. Capaz de sonreír ante la fuerte tormenta que cae o ante el deslumbrante y recalcitrante sol del medio día.
Las nubes negras aún no abandonan nuestro horizonte y por ninguna razón desean marchar.





Por ser domingo llegó una hora antes  que los días pasados. No era usual ver su figura aparecer demasiado temprano, quizás porque era sabido que no había suficiente espacio para tanto parroquiano, o porque aburre en el alma deambular por las calles vacías y sin rumbo alguno. Por un instante recordó que después de férrea insistencia, logró colarse en medio de todos y adoptar un espacio, pequeño pero al fin espacio; el suficiente para deleitarse con unas horas de descanso que tanto necesitaba.
Colocaba su maletín de almohada, contra la pared, junto a los demás, simulaban una parva de leña seca, tirados en el piso sobre sacos de henequén o simples bolsas de papel de periódico que ellos diseñaban ex profeso. En ese maletín cargaba una mudada hecha jirones y unos recuerdos de la familia, claro, no eran muchos: una vieja fotografía que hablaba de la juventud de María, un cepillo que bastaba para el poco cabello, algunas viejas revistas para releer eventos pasados y una linterna, ideal para alumbrarse el camino y saltar sobre esos cuerpos, semidesnudos  y malolientes como muertos, en esas oscuras noches de visita al mingitorio —que corrían las cucarachas—, en la gruesa pestilencia que corrompía el aliento  y acababa con la mordaz filosofía del retrete, siempre atosigado, siempre abusando de la necesidad de sus perennes depositarios.
Seguro que asilarse en esta pocilga era el último paso antes de  llegar a vivir en la calle, pero le permitía no dormir en la insegura banca del parque que frecuentaba durante el día; la diferencia eran unas monedas que se adelantaban por cada noche, por el uso del excusado y el balde con agua para matar las ganas de un baño que algunas veces le pedía el cuerpo,  y así, refrescar el pensamiento y dedicar la noche para soñar en lo que ocurriría cuando se acabaran las pequeñas ilusiones con las que aún contaba.
Con los ojos cerrados y las ideas en el cielo, se dedicaba a la espera del frío amanecer disfrazado de futuro, un futuro que crispaba los nervios.


Breves y fugaces
Sentados en la sala de espera del Hospital, me dijo: las células cancerígenas tienen a la terquedad como un cielo en común con nosotros los humanos, ambos sabemos que moriremos en la medida que nos reproducimos,  y aún así, continuamos multiplicándonos sin mesura.
En este mundo y en cualquier otro, no existe un ser humano que no tenga nada. Al menos tiene la nada.

Correr en la vida, no siempre es ir de prisa. Algunas veces significa detenerse.
El encanto de la vida no es solo reír y reír. El encanto de la vida es reír de lo vivido pero con gallardía.