viernes, 29 de abril de 2016











De “La casa de los Claveles Blancos”
Recuerdos
Vuelve Isabel a mi habitación. Esta vez trae consigo huevos fritos, frijoles, queso seco y pan caliente. Me encanta su alegría mientras prepara una mesita para desayunar en cama. No he tenido la mejor de las noches. El dolor de espalda no me ha dejado dormir tranquilo. Con su amplia sonrisa y buen menú vuelven los recuerdos casi perdidos. Es este desayuno el que me lleva hasta aquel olor a tierra mojada que cada mañana despedía la casa. Amaneceres anublados cargados de gotas de roció y aves trinando. Respirar fuerte y constante, avivan mi sentir. Recibir con los brazos abiertos las nubes que se estrellan en el pecho y percibir olores, olores de  recuerdos de la gente que por aquí pasó: mi madre, los trabajadores, las mujeres con sus canastos cargados de café. Los pescadores sobre las lanchas, la laguna,  otros hombres podando árboles que prodigaban sombra sobre la finca, el ganado, el ordeño.  Ensueño de estampas, de olores de vida.

El regreso a casa
Al llegar a casa, desmonté del caballo y entré con sumo cuidado. Asomé por la puerta entreabierta para buscar a Madre. Crucé el salón grande y en el instante la alcancé a ver. Se encontraba de espaldas mientras veía hacia el horizonte de la hacienda. Apoyada con ambas manos sobre su bastón y con la pose de un personaje importante. La distinguí con una paz envidiable. La mirada alta, semejante a una adivina del tiempo. En realidad, observaba la laguna frente a la casa. Allí se hospedaba la garza blanca, garza nocturna y el garzón. También el colibrí y el zorzalito que eran aves que se acercaban a beber agua para refrescarse y recobrarse de largas faenas migratorias que hacían desde México hasta la Argentina. Prestaba atención a los mozos que podaban el jardín a la orilla frente al pequeño muelle. Vestían ropa de manta con caites y sombrero de palma,  machete y la cuma para trabajar. Es la vestimenta del pueblo.

Al voltear hacia mí, la noté con el rostro de alegría. Especial momento que dispensa todo lo difícil que pude haber vivido. «No existe amor más grande, que el amor de una madre», pensé. Solté mi mochila de fatiga que traía y corrí hasta donde se encontraba y nos confundimos en un abrazo lleno de ternura.
Mi hijito, estás vivo, ¡Dios Bendito!, que alegría que hayas vuelto. Lloraba y apoyaba su cabeza en mi pecho. Le dio un beso a la medallita de San Miguel  Arcángel, que colgó en mi cuello antes de partir, para que me librara de todo mal.
Únicamente Dios sabe cuánto he rezado para volver a verte, mi hijo.

Isabel
La sonrisa en sus labios, el cariño de sus cuidos, hacían cada mañana un hermoso despertar, doloroso pero hermoso despertar…


Breves y fugaces
☼—Mi juicio final no durará un día, ni será cuando yo muera. Mi juicio final es un tribunal en sesión permanente en el cual yo soy el reo, el señor Juez, el Honorable Jurado y el cruel verdugo. El juicio se celebra en este instante. El Juicio soy yo.

—Los humanos no vivimos, nos suicidamos instante a instante.