viernes, 11 de marzo de 2016




Féminas


El vuelo de un ángel
Virginia corría angustiada mientras cruzaba el Parque Central que dividía al pueblo en dos. Saltaba los charcos con sus zapatos rotos.
La lluvia torrencial no fue impedimento para que llegara hasta el puesto de policía y así, tramitar la libertad de su compañero de vida.
La vecina de al lado fue muy clara al avisarle: «¡se llevaron preso a Román, lo encontraron tirado en la acera, borracho, le robaron hasta la ropa!».
Virginia se enfrentaba a la vida con dos niños, un canasto con tomates para la venta y un marido alcohólico.
Luego de pagar la multa de Román, volvió a casa, tomó de la mano a sus hijos y se encaminó hasta el Parque Central, el que dividía al pueblo en dos. Y allí mirando al cielo con luminosidad en su rostro extendió sus alas y voló con sus dos hijos. Volaron tan alto que llegaron al lugar donde moran los ángeles, donde no llegan los indignos.

Los vecinos del poblado de Ruth  abrieron las ventanas de sus casas esa mañana con la firme convicción que se haría justicia.
Ayer reunidos en la plaza, la multitud enardecida había aprobado llevar a cabo la ejecución a la vista de todos. Ansiosos esperaban ver arder su cuerpo.
Aunque sabían que la ley demandaba: “el que se encuentre libre de culpa que lance la primera piedra” ,a los pobladores no les importó y al unísono, levantaban los puños y gritaban “Justicia”.
A la hora acordada, apareció por la puerta del recinto carcelario, escoltada por seis guardias. La traían amarrada.
Desde las ventanas la gente gritaba.
El verdugo sin perder tiempo la amarró y amordazo al palo mayor sobre el patíbulo, arrimó los leños y les prendió fuego. 
 El cuerpo comenzó a arder, el humo que desprende la carne cuando se carboniza luchaba por entrar a las casas.  Cuando eso ocurrió las puertas y ventanas ya estaban cerradas.

Entre muerto y muerto, marcho, vuelo y nado, quizás porque estoy muerto también. De la laringe, del esófago, del intestino, del corazón, a balazos o pedradas, aludes de tierra blanca o negra, tierra bonita para sembrar comida, cayó sobre la gente y la mató, los balazos los tiraron otros, cayeron encima de nosotros, en los estómagos, en las bocas, en los pies. Entre muerto y muerto voy ardiendo mis abonos, voy poniendo semillas en la tierra negra del sembrador de comida, entre la gente que cayó sobre la tierra, con los balazos encima.
Muertos y más muertos, entre ellos voy.

Breves y fugaces

☼Si piensas que estoy dormido, avejentado o absorto, te equivocas, solo adolezco de la suerte de cuidar y guardar mi silencio y desbocarme en mis propias cavernas a pensar en las verdades que brotan de mis neuronas.  
☼Habíamos creado deidades asesinas. Como pueblo habíamos sido  degradados a criminales. Sabía que esto lo pagarían nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos, pero aun así, nos hacíamos creer que éramos supremos.
☼Eres mi tiempo y mi idea. Has saltado de nuevo para conciliar conmigo esta Unidad Filosófica… y te obedezco, como siempre ocurre, te obedezco.
☼Dices que el caos, el acierto y error del universo entero están  en mí… sé que con tus cuidados lograré  descubrirlos.
☼Mi juicio final no durará un día cuando yo muera.  Mi juicio final es un tribunal en sesión permanente en el cual yo soy el reo, el señor Juez, el Honorable Jurado y el cruel verdugo. El juicio se celebra en este instante. Aun con vida. El Juicio soy yo.
No existe vida más aburrida que vivir en el cielo. El par de alas y la indumentaria que te dan al entrar nunca se pondrán de moda, y la lira de tu uso personal no pasara de sonar la misma tonada.