viernes, 25 de marzo de 2016





En la cima

La mirada de ojos saltones me dio indicios de que estaba por soltar las lágrimas. Aunque sabía de la situación por la que atravesábamos, aún conservaba la idea de que todo se resolvería, claro, había presenciado las noches de gritos ensordecedores, puñetazos,  patadas en las puertas y el crujir de las sillas al romper las ventanas. Manera poco civilizada de convivir la nuestra.
Llenarnos de Insultos por tonterías, a veces, la marcada torpeza, por la leche derramada sobre el mantel, a veces, la insulsa ensalada de pepino,  a veces, la llegada tardía de los periódicos matutinos del desayuno.
 Pero ahora todo se había resuelto, firmamos papeles acompañados de algunas discusiones en la oficina del abogado, pero no pasó de los ya acostumbrados insultos y malas miradas y traer al tapete de negociación viejas y tontas historias.

Arreglamos lo de la casa del lago, la casa en “La Sultana”, los coches, las cuentas bancarias, mancomunadas o no, las acciones de la Play, de la Raist. Todo estaba regulado. El abogado hizo muy bien su labor y nos sentíamos satisfechos. No habían hijos de por medio, nada que decir.

Pero al tomar mi maleta voltee la vista atrás y la vi sentada en su mueble, sus ojos no dejaban de mirarme, no podía ir en paz. La mirada de ojos saltones me dio indicios de que estaba por soltar las lágrimas.
Me regresé. Le volvió la vida. Le coloqué el chal color negro, y la pequeña maleta que sin duda había preparado la noche anterior. Ella sabía que no podía abandonarla y que su amor nunca estuvo en litigio, nunca lo estuvo.
En el coche solo cabía ella a mi lado. Cómo en los viejos tiempos, sacaba la mano y la cabeza por la ventana. El viento le descomponía el cabello cano y le acariciaba el rostro.
La veía grande, muy crecida. El tiempo le habló mariposas al oído  cuando apenas los árboles comenzaban a florear. Juntos harían arar pronto los regadíos. Mientras llegaba el alba, rallaba el pan con el que prepararía el budín de vainilla que comerían en el día.  Aunque  para él, seguía siendo la chiquilla traviesa,  aquella que moraba por los alrededores del pueblo escondiéndose de las personas, con la sonrisa de briznas del campo y  la dulzura que le daba besar sus pies descalzos con olor a tierra mojada.
Cuando el sol cruzó el cristal de la ventanilla del bus y golpeo su rostro, fue  para decirle que había amanecido y que ella ya no estaba a su lado. No supo de la hora que bajó. Había sido una vida entera y ella se marchó sin una lágrima. Todas las había vertido junto a él. Todo ocurrió  en una parada de autobús.
Estrujé los billetes y se los tiré a la cara. Imposible recibir aquellos tres pesos a cambio del despido de una empleada, que por desgracia para ella, llevaba su génesis de dos meses en la barriga.
De mis manos, lo tienes todo, no tienes de qué quejarte, fuerza, piel y olvido, pero aun así, continuas en el sabio dictado de redimir los recuerdos, tienes en tu caminar esa huella que me sigue dando fuerza y aliento. ¿Quién podría imaginar que me sobrepondría a esta hecatombe? ¿Quién iba a imaginar que después de volver, curarías mis golpes, mis heridas? No dudo de tus mantos sobre mi cuerpo, de las telas untadas de alcanfor y aceite de oliva, sé que llevas el milagro en tus  ojos, lo sé.
Al besar tus labios consigo palpar la frescura del bosque que caminábamos juntos. Aquel que nos dio tanta complacencia, tanto fulgor. Ese bosque que hicimos nuestro y del cual reconozco como el sitio que se nos fue asignado para convencerme de tu divinidad
… esta vez quizás sean las olas las que se vienen con más fuerza que otros días. Quizás sea mi deseo el que sobrepase la ternura acostumbrada. Estas olas que incomodan y martirizan mis sienes. Auténtico sentimiento de las tiernas miradas, que rebalsa los ímpetus y las pieles tatuadas con arresto… Tal vez sean los vientos que nos asolan y entristecen, o sea solo la voz insolente que nos grita más de lo debido, o es una simple ola de este líquido elemento que conocemos de sobra, pero que ahora se muestra bronco, embravecido como nada…
Si deseas acabar conmigo, cierra la mano y lo conseguirás… Pero no vayas a extrañar las en ciernes  palabras dichas tiempo atrás. Esas que quedaron esparcidas sobre las sábanas que moramos…, las que quedaron encima de las miradas hechas con atino. No vayas a echar de menos esta voz que rompe tus silencios.

Breves y fugaces
Esta mañana he intentado mirarme  al espejo. Tiemblo de miedo.
Vuelve a mí  el necio deseo de saltar, y me contengo. Tiemblo de nuevo.
Un portazo recibí cuando le pedí escribiera en la palma de mi mano la frase “Te amo”.
Ya lo decía mi amigo con mucha claridad: Miedo a amar, necesidad neurótica de ser amado y  no se tome tan en serio.
☼El amor es fuente de soluciones y no de problemas.